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Los amores de Lucrecia Parte I

Lucrecia, cándida niña de la sociedad, se ha enamorado y no precisamente de un trompetista, sino de un niño de la “jai”. Guapo, alto, todo un galán. Ambos estudian en los mejores colegios de Caracas, el bello Roberto en colegio de niños y la preciosa Lucrecia en colegio de señoritas.
Es el año 1986, donde los lazos en los cabellos son la moda, y las camisas con hombreras son la sensación. Se conocieron en un semáforo… si, en un semáforo cuando los transportes escolares se cruzaban ya que vivían en la misma zona. Cada vez que era la hora de salida, Lucrecia corría a subirse a su autobús escolar ya que sabía que varias veces en el recorrido a casa, vería a Roberto en algún cruce, avenida o calle.
A través de la ventana intercambiaron teléfonos y comenzó un romance juvenil digno de una telenovela. Un día fueron al cine, los padres de ambos los llevaron al C.C.C.T. y allí los dejaron, horario matiné… muy temprano para recogerlos a las 6:00 p.m. ni un minuto más, ni un minuto menos. Que emoción en el cine! El primer beso, y ver la película tomados de la mano. Éxito total.
La cosa fue creciendo cada día el amor era una cosa indescriptible, se conocieron las familias y todo iba muy bien. Hasta que un día Roberto ya no estaba en el transporte escolar, no respondía las llamadas, sus padres no le pasaban el teléfono… algo ocurría.
Lucrecia solo sabía llorar, como Magdalena todo el día, no encontraba explicación, ¿qué pasaba, dónde estaba su amado Roberto?
Al cabo de unos meses, recibió una llamada, ya tenían ambos 15 años; ¡era Roberto! En seguida se pusieron de acuerdo para verse, ya Roberto manejaba una camioneta con un permiso especial para menores de edad. Cuando Lucrecia lo vio sus ojos se llenaron de lágrimas; ¿Qué ocurrió? Preguntaba una y mil veces. Roberto no era ni la sombra de aquel muchacho guapo, alto, esbelto. Era simplemente un chico débil, muy delgado, con su cabello hecho un desastre.
Qué tristeza pensaba Lucrecia, no sabía qué decir, sólo lo abrazaba y lloraba. Luego de calmarse, Roberto le contó que sus padres lo habían retirado del colegio y lo habían enviado a una especie de granja… ¡Una granja! ¿Cómo es eso?… Lucrecia no entendía nada. En ese lugar, los jóvenes cultivaban sus propios alimentos, cuidaban animales y al parecer también estudiaban. Nunca Lucrecia supo la razón por la que estos señores habían hecho eso con Roberto, ya no era el mismo, incluso su forma de expresarse no era la misma, sus ojos se veían perdidos en un horizonte que sólo él reconocía. La cabeza de Lucrecia se llenó de películas imaginarias… drogas? Vandalismo? Un castigo? Cuál habría sido el motivo o razón?… bueno, eso jamás se supo.
No se volvieron a ver sino tres años más tarde, ya cada uno con 18 años, Roberto volvió a aparecer, esta vez avisando que estaba estudiando Derecho en la universidad, y Lucrecia una hermosa carrera, también en la universidad. El tiempo había pasado, él le juraba amor eterno, pero obvio que Lucrecia ya no le creía. Nunca más se vieron.

Pasaron 20 años luego de ese último encuentro y por cosas de la vida, Lucrecia pensó en buscarlo acudiendo a la tecnología. Lo que encontró fue a un hombre ya, quien estaba perseguido por la justicia canadiense por estafa y engaño haciéndole creer a muchos que podría llevarlos a vivir a Canadá y cobrando de antemano sumas importantes de dinero y dejando a la gente con ilusiones rotas, sueños robados y mucha tristeza… al igual que dejó a Lucrecia.

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